jueves, 4 de octubre de 2007

Dicen "Ojos que no ven, corazón que no siente".
A veces no es necesario verlo: uno lo sabe.

Negación.

Es tanto más difícil aceptar la realidad, que preferimos vivir en otra alternativa o mejor dicho, una parcial.

El problema es cuando ese presentimiento, esa sensación de mal estar constante, esa opresión en el pecho te enferma al punto de dejarte sin voz, consumiéndote por dentro, no solo a un nivel mental, sino fisíco.

Es que esa mentira que nos habíamos creado se vuelve tan conciente, que toma vida propia adueñándose del cuerpo.

Ya no hay pastilla que calme el dolor, que desaparezca la tos ni que seque las lágrimas. No hay alcohol ni droga que haga efecto.

Los ojos ya no ven, el aire no llega a los pulmones. El estómago se desgarra entre ácidos. El corazón ya no tiene ritmo; late como puede.

Un ataque de pánico como otras tantas noches. Uno más.

Qué tiene de distinto de otros?

Hoy todo duele más, mucho más.
Duele más entender que uno es la sombra de otra; de aquella que él dice amar todavía.

Seguir esperando que algún día él se despierte y diga que es a mi a quien ama después de todos estos años. A esta tonta que le enseñó a sentirse hombre -como dijo hace 8 años atrás; que se desvive inultilmente para que él sea feliz.

Duele más, mucho más, saber que nunca nada va a cambiar.
Tener que aceptar, conformarse, adaptarse a ser eso: una sombra.

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